lunes, 23 de agosto de 2010

De cómo pude poner un grito en el cielo

Para Isaías Peña Gutiérrez

Al comienzo de todo, después
de vomitar todos mis santos,
me hice partidario de la doctrina aristotélica,
que obliga a sus seguidores
a pensar del siguiente modo,
“si toco un vaso con mi dedo,

este vaso será un contendor
o de agua o de leche, o puede
que esté completamente vacío,
pero su esencia no se borra”.

así, me iba por los caminos,
predicando mi arrogancia,
“no hay separación del cuerpo
y del alma”, el caballo y el jinete
son la misma cosa, decía yo a la gente,
todo lo demás son puras pamplinas,
más de un tomate y huevo
me cayeron en la cabeza
al preguntar a la audiencia
las típicas preguntas
del circo romano: “¿qué fue primero,
el huevo o la gallina?”,
hasta que vino Galileo
y puso en orden las estrellas,
vio montañas en la luna,
y lo que es más fino de todo,
gracias a la invención del telescopio
yo mismo pude poner
un grito en el cielo.

2 comentarios:

RoseMarie M Camus dijo...

Gracias querido Eduardo.
Tus obras son magníficas.
Besos.

Taty Cascada dijo...

Y viste el grito en el cielo y tanto más poeta, porque la arrogancia de creer saber de nada nos sirve.
Un abrazo.